LA FORMA DE LES COSES

· 12/01/2009 ·
LA FORMA DE LES COSES
LA FORMA DE LES COSES
de Neil Labute


Julio Manrique ha vuelto al Espai Lliure de Barcelona con “La forma de les coses”, la adaptación del texto de Neil LabuteThe shape of things”, con la que obtuvo dos premios Butaca 2008: el de Mejor Montaje de Pequeño Formato y el de Mejor Dirección Teatral.

El espectáculo ya ocupó la sala pequeña del Lliure la temporada pasada e hizo sus bolos a diversos puntos de Cataluña, pero es gracias al reconocimiento por parte de público y crítica con los premios anuales de teatro que ha podido volver a hacerse un hueco en la programación del más que prolífico escenario catalán.

La forma de les coses” es una historia sobre amor, arte, amistad y engaño. Adam (Marc Rodríguez, pero durante unos días interpretado por Julio Manrique) es un chico solitario, feo, con poca gracia, culto, trabajador (vigilante de un museo) y acomplejado que conoce a Evelyn (Mireia Aixalà) una chica entusiasta, con iniciativa, alegre, inteligente (se está doctorando en arte), alocada y con mucho (mal)carácter. Elipsis. Evelyn y Adam son pareja. Él está en el séptimo cielo pero no entiende qué hace una chica tan fantástica y bonita con él, un pobre y feúcho Don Nadie. Pero Evelyn es plenamente feliz con el vigilante de museo, su vertiente intelectual la llena y quiere saberlo todo de él: “Per què em fas tantes preguntes?”, dice Adam, “Perquè em despertes curiositat”, contesta ella. Y parece ser que, además, la atracción no falta.



He aquí una pareja idílica, estéticamente extraña, pero feliz. Evelyn no deja que Adam esté acomplejado pero va introduciendo cambios en su vida. Va moldeando su físico y su personalidad de tal modo que parece que todos los cambios son totalmente decididos y estudiados por el propio Adam.

Tony (Xavi Ricart) y Jenny (Cristina Genebat) son los mejores amigos de Adam y observan y analizan todos los cambios que sufre el protagonista: pérdida de peso, un extraño accidente que modifica la forma de su nariz, su repentina afición por el deporte y necesidad de llevar una vida sana y equilibrada… Adam se acomoda con las “pruebas” de su cambio, y Evelyn aprovecha cualquier oportunidad para reñir con ellos y poner a su pareja entre la espada y la pared, ya que constantemente debe debatirse entre proteger a sus amigos de las acometidas de su chica o darle la razón a la punzante Evelyn.


Hasta aquí, la obra es correcta, ágil y engancha al espectador, que resta inmóvil en su butaca para ver la evolución del maltrato psicológico de Evelyn hacia Adam y observa como Tony y Jenny se distancian antes de llegar a casarse. Parece una obra normal, pero apuntando maneras, con una histérica (Evelyn), un “pobre chico” (Adam), una mujer insulsa que vive lo que le ha tocado vivir (Jenny) y un chuleras que prefiere ser amigo de un patito feo que de un cisne (Tony).

Pero, no, no podía ser que la tan alabada “La forma de les coses” nos hiciera un mapa emocional simplista de cuatro personajes ¡claro que no! Un twist fantástico consigue alzar toda la trama, todos los personajes, todo el escenario.


El giro se produce (no siga leyendo si quiere descubrirlo en el teatro, porque voy a rebelarle la fórmula de la redondez de la pieza) en el momento en qué Evelyn expone su tesis doctoral. Los espectadores pasan de ser un público pasivo a ser público activo y evaluador del estudio de la chica. Evelyn se dirige a los asistentes a la “conferencia” con aplomo, disciplina y seriedad para explicarles la obra de arte que ha creado y que no puede nombrar por motivos legales: su novio.

Adam ha sido, durante toda su relación, un mero material que la artista ha querido (y conseguido) moldear a base de, simplemente, la manipulación emocional. Evelyn muestra las pruebas que confirman que durante un corto plazo de tiempo y tan solo con el poder de la palabra, Adam se ha transformado física y psicológicamente; “En aquests moments és perfecte, tan perfecte com l’he creat jo” se enorgullece. La explicación de la presunta artista es muy dura, seca, fría y muestra como toda la felicidad vivida por Adam ha sido un mero engaño con el único afán de dar vueltas a los códigos deontológicos. La actuación de Evelyn pone en relieve la falta de límites o la fragilidad de éstos en el ámbito del arte, cuestiona hasta dónde se puede llegar, qué se debe considerar una obra artística y hasta qué punto es lícito jugar con seres humanos y sentimientos para profundizar en nombre de la experimentación.


El escenario se convierte en una exposición de la relación de Adam y Evelyn: los espacios de la escenografía son una “maqueta” que ilustra su idilio. Adam circula, atónito, entre el decorado y mantiene su última conversación con Evelyn que se muestra muy clara y defiende sus principios como artista. Adam no quiere responder preguntas, no quiere continuar siendo su material de estudio, pero desea saber si hubo alguna pizca de realidad en toda la pantomima vivida. Atentos al guiño a “Lost in translation”, no digo más.

La actuación de los cuatro es fantástica. Evidentemente, Aixalà es quien más se puede lucir porque las oscilaciones de su personaje permiten más matices y extravagancia interpretativa que el de la sosísima (y lo digo por guión, no por interpretación) Genebat. Por cierto, el embarazo real de ésta última no favorece para nada la trama, ya que se carga las elipsis temporales y el transcurso de la continuidad, cosas de la vida y de la inesperada vuelta del montaje, supongo.


Cuando se abandona la sala, los espectadores continúan siendo parte del tribunal y pueden juzgar las pruebas de la farsa. Algunos tristes por Adam, otros cabreados con Evelyn o justificando parte de sus actos, alguien que decide no querer ni creer a nadie nunca más. Pero todos con la gran satisfacción de haber presenciado una gran función con buenos actores, una bonita (y curiosa) escenografía, buen ritmo y con ganas de volver a ocupar la butaca y seguir disfrutando del “puro teatro”.

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