64. Internationale Kurzfilmtage Oberhausen
El festival de cortos más antiguo de Europa
Oberhausen es un lugar particular para un encuentro de cine de esta magnitud con más de 1000 personas acreditadas. El festival cumple 63 ediciones, es el festival de cortometrajes más antiguo de Europa, pero la ciudad no tiene universidad y tampoco una escuela de cine y puede que Oberhausen sea la localidad con mayor número de coches tuneados por habitante en la que haya estado nunca. Llevar a cabo el festival en este lugar es una labor honorable y especialmente difícil, así lo reconocía el director del festival, Lars Henrik Gass, en su discurso inaugural. También reconoce que mucha gente de fuera le pregunta por qué se sigue celebrando aquí. La respuesta es el entusiasmo por la búsqueda de un cine fuera de lo establecido y alejado de un arte anodino y consensuado. Y esto es así desde que el 28 de febrero de 1962, un grupo de 26 jóvenes cineastas alemanes (entre los que se encontraban Haro Senft, Alexander Kluge o Edgar Reitz) firmara el Oberhausen Manifesto para establecer “un nuevo cine alemán”. Desde entonces Oberhausen se ha cubierto de un halo de cine independiente, que renuncia a acomodarse.

Pero, ¿cómo explicar la selección que se ha elaborado de entre los más de 5000 cortometrajes presentados a la competición internacional? En la mayoría de los programas que hemos podido ver en esta edición del festival no había más que uno o, como mucho, dos cortos realmente interesantes. Por encima de exhibir trabajos honestos y alejados de los lugares comunes, predomina el descubrimiento de cortometrajes que no hayan pasado por otros festivales y la búsqueda de lo inusual fuera del “centrismo estético”. Como resultado, en mi opinión y en la de algunos colegas, mucho corto amateur y pretencioso.

Algunas piezas sí emocionaron. Como “Through the backdoor” un trabajo del joven director Israelita, Karam Natour (nacido en 1992), que disecciona en diferentes ejercicios de cotidianidad la relación con su madre y con su hermano.
O “Vai e Vem” (en inglés “Comes and goes”) de la francesa residente en Brasil Louise Botkay, un tríptico pulquérrimo de la vida en la selva entre Brasil y Perú de la tribu Kaxinawà-Hunikuin. O el loco corto de animación “Animal Year” del chino Zhong Su. Y dentro de la competición de las competiciones para niños y jóvenes, donde el jurado son también niños y jóvenes, uno de nuestros favoritos fue el primer corto de Makoto Nagahisa “And so we put goldfish in the pool” con un marcado tono publicitario.

En contraposición a la competición internacional, las secciones paralelas del festival sí fueron un gran acierto. La materia de análisis para la sección temática de este año era “Redes sociales antes de internet”, con vídeos de Joseph Beuys, Nam June Paik o Harun Farocki entre muchos otros. El comisario Tilman Baumgärtel moderó el interesantísimo coloquio en el que participaron Mahide Lein, activista feminista y queer fundadora de la agencia AHOI Kunst + Kultur; Gerd Conradt que estudió cine y televisión entre 1966 y 1968, y el realizador independiente desde entonces y Benjamin Heidersberger, cofundador de Head Resonance Company y Ponton-Lab.

Dentro de las secciones “Profiles” nos encantó el trabajo de Bjørn Melhus, reconocido realizador alemán (sus cortos se han exhibido en la Tate Modern, el MoMA o el Pompidou) y profesor de bellas artes y “virtual realities” en la Escuela de Arte y Diseño de Kassel. En sus cortometrajes destruye, reconstruye e interpreta personajes estereotipados del cine o la televisión con una mirada crítica y tragicómica.

El prolífico artista filipino Khavn también contó con una retrospectiva en el festival y llevó a Oberhausen “Happyland. Esto no es una instalación de Khavn”. Una reconstrucción de un casucha de Manila, recreando partes de la película “Mondomanila” con fotografías, esculturas, dibujos, alfombras, un ataúd, ropa que podías ponerte para hacerte una autofoto, un karaoke y hasta una peluquería donde el propio Khavn cortó el pelo a los más atrevidos. El día de la inauguración Khavn encabezaba una procesión desde la estación de tren de Oberhausen al lugar de la exposición y culminó la parade con un concierto con su banda mientras se servían barbacoa de patas de gallina y otros platos tradicionales de ahí.

Pese a la pequeña decepción por la sección internacional, el Festival Internacional de Cortometrajes de Oberhausen es un escaparate fundamental para el mundo del cortometraje y el trabajo que realiza todo su equipo para exhibir la amplia selección de piezas que conforman el festival es muy estimable. Así que seguiremos visitando esta ciudad del Ruhr donde creció Wim Wenders para conocer la contemporaneidad y el pasado del corto experimental.

Fotografías: Enrique Escandell
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