La primera edición de la Bienal Climática: ensayar lo inesperado
Áviles como laboratorio, el clima como protagonista y el arte como vehículo para pensar de manera contemporánea
¿Se puede ensayar el futuro desde el presente? ¿Podemos hablar del clima más allá del dato, desde el relato, el cuerpo y el territorio? ¿Es el arte el vehículo contemporáneo para hacernos pensar, debatir y sentir? ¿Se puede interseccionar una conversación entre industria y paisaje sin simplificar lo complejo?. Entonces, ¿Crisis climática? ¿Una bienal sobre el clima? ¿En Avilés? Se viene primera edición y lo sabes, somos fans de lo que empieza, lo que empuja lo que estamos acostumbrados y nos hace fruncir el ceño. Aquí se cumple todo. Así que allá vamos.
Bajo el título «Ensayar lo inesperado», llegará la primera edición de la Bienal Climática, convirtiendo Avilés en un dispositivo abierto donde metodologías artísticas, mediación cultural y múltiples voces se activarán para leer el territorio y amplificar lo que ya está ocurriendo. Un programa heavy. y lleno de detalle, se desplegará entre el 12 de junio y el 20 de septiembre y articulará su propuesta en tres ejes. Estación Meteo, Industrias presentes y Duelos y júbilos, junto a una cartografía crítica, procesos colectivos y un programa público que entiende el arte como espacio cívico.
Hablamos con Amanda Masha Caminals, comisaria de la bienal y fundadora de Translocalia, con trayectoria entre Barcelona, Londres y São Paulo, para entender cómo se construye un proyecto así, qué preguntas les han pasado por la cabeza y qué tipo de futuros —o presentes— se están ensayando desde aquí.

Fotografía: Lukasz Michalak
Tu recorrido curatorial. Has trabajado entre Barcelona, Londres o São Paulo, en instituciones y proyectos independientes. ¿Qué aprendizajes de esos contextos te han llevado hasta una bienal centrada en clima y territorio?
Mi recorrido curatorial no ha sido lineal, pero mirando hacia atrás veo bastante continuidad. Me formé en comisariado en el Royal College of Art de Londres, donde ya me interesaban mucho las prácticas colaborativas y las formas de curaduría que se construyen con otros. Muy pronto empecé a trabajar con artistas cuyas prácticas eran interdisciplinares y estaban muy conectadas con lo social, más allá del espacio expositivo tradicional. En paralelo, cofundé junto a la comisaria Lavinia Filippi la red Translocalia, que buscaba precisamente eso: poner en relación contextos distintos a partir del arte, entendiendo que cada territorio tiene sus propias condiciones pero que también hay preguntas compartidas. A partir de 2016, mi trabajo se fue acercando cada vez más a cuestiones de arte y ecología, por ejemplo en el CCCB con la Estación Ciudad de la Clínica Medioambiental o en Matadero Madrid con el Instituto Mutante de Narrativas Ambientales. Todo eso, me ha ido llevando hasta un contexto muy singular que es la fundación Atelier itd y a un proyecto como la Bienal Climática, después de haber trabajado durante años en los cruces entre arte, ecología, sociedad y territorio.
¿Cómo afrontaste el reto y cuántos tiempo lleváis dándole forma?
La Bienal Climática: arte, industria y territorio no es un proyecto personalista, más bien lo contrario. Surge desde el trabajo colectivo que desarrollamos en Atelier itd, donde entendemos la cultura como una herramienta para activar formas de colaboración entre sectores, instituciones y comunidades diversas. Nuestra práctica se basa precisamente en eso: generar contextos donde distintos saberes puedan encontrarse en condiciones de cierta horizontalidad. En ese sentido, el camino hasta aquí no es tanto una trayectoria individual como un proceso compartido. Nos han acompañado preguntas muy persistentes: cómo hacer que la transición ecológica sea también una transición cultural y social, cómo incorporar saberes científicos sin perder de vista las experiencias situadas, o cómo abrir espacios donde el desacuerdo pueda sostenerse sin romper los vínculos.
La Bienal es una cristalización de ese trabajo en red. Está pensada desde el inicio como un dispositivo colectivo, donde el comisariado o la relación con el territorio se construyen en diálogo constante con otras personas e instituciones.
El proceso ha sido largo y bastante orgánico. Empezamos a pensar el contexto de la Bienal en 2022 desde Atelier itd, con el apoyo del Community Arts Lab by Porticus, explorando qué podía significar una iniciativa cultural centrada en el clima desde una perspectiva amplia. A partir de 2024, con el impulso del Ministerio de Cultura —que tenía una voluntad clara de promover una bienal en torno a cultura y futuros climáticos— y en alianza con el Ministerio para la Transición Ecológica, el proyecto empezó a tomar forma más concreta. A partir de ahí se fueron sumando otras instituciones como el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, el Principado de Asturias, el Ayuntamiento de Avilés o la Fundación Daniel y Nina Carasso.
Más que un diseño cerrado desde el inicio, ha sido un proceso de construcción progresiva, en el que cada alianza ha ido transformando el propio proyecto. En ese sentido, la Bienal también es un ensayo institucional.
Ensayar lo inesperado. El lema de la Bienal propone experimentar con aquello que no sabemos etiquetar: ¿A qué se refiere “Ensayar lo inesperado” cuando hablamos de crisis climática y de práctica artística?
Ensayar lo inesperado es, en parte, una forma de nombrar el momento en el que estamos. La crisis climática no solo tiene que ver con datos o predicciones, sino con la dificultad de anticipar todo lo que viene y de responder desde marcos conocidos.
Para nosotras, “ensayar” no implica preparar algo de manera cerrada, sino más bien abrir un espacio de aprendizaje en acción. Y “lo inesperado” no se refiere únicamente a la incertidumbre, sino también a todo aquello que todavía no tiene nombre: nuevas formas de organización, de relación con el territorio o de imaginar futuros posibles.
La Bienal, en su conjunto, intenta crear esos espacios donde lo inesperado pueda aparecer: en el encuentro entre sectores que no suelen hablar entre sí, en prácticas artísticas que no encajan en categorías habituales, o en formas de conversación más abiertas y menos jerárquicas
Pensar en equipo: Arte, industria y territorio. El título de la Bienal pone en diálogo tres sistemas que muchas veces se piensan por separado. ¿Qué ocurre cuando se interseccionan?
La decisión de poner en diálogo arte, industria y territorio tiene que ver con una idea muy concreta: que la crisis climática no puede pensarse desde un solo campo. La transición ecológica no es únicamente tecnológica o científica; es también cultural, política, emocional e institucional. Y eso nos obliga a abordar el clima desde una perspectiva más amplia y compleja.
En ese marco, la industria ocupa un lugar central y también profundamente paradójico. Ha sido una de las principales responsables de la degradación ambiental, pero al mismo tiempo es un actor indispensable en los procesos de transformación: producción de energía, materiales, empleo, infraestructuras. Hablar de industria es hablar no solo de clima atmosférico, sino también de clima social, de modelos económicos y de futuros del trabajo.
Al incluirla en el título, lo que hacemos es también marcar una intención: no construir un evento sectorial, pensado sólo desde y para la cultura, sino abrir los códigos y generar un espacio donde puedan entrar otros saberes, otras tensiones y también otros conflictos.

Fotografía: Nico Rodriguez
Clima como narrativa cultural. Durante años el cambio climático se ha comunicado desde la ciencia o la política. ¿Qué puede provocarse desde el arte?
Durante mucho tiempo, el cambio climático se ha comunicado principalmente desde la ciencia o la política, con lenguajes muy específicos. El arte no sustituye esos marcos, pero puede abrir otras formas de comprensión.
Lo que permite es trabajar con lo sensible: traducir datos en experiencias, activar la imaginación, generar empatía o incluso incomodidad. Puede hacer visibles aspectos que no siempre entran en los discursos técnicos, como las dimensiones afectivas, culturales o simbólicas de la crisis.
En ese sentido, el arte no aporta soluciones directas, pero sí algo fundamental: la capacidad de ampliar el campo de lo pensable y de lo imaginable.
Curar una bienal climática. ¿Cómo se comisaría una exposición cuando el tema es sistémico y tan complejo? ¿Qué metodologías o procesos de investigación han guiado el proyecto?
Comisariar una bienal sobre clima implica asumir que no hay una única narrativa posible. Uno de los retos principales ha sido precisamente incorporar perspectivas diversas, incluyendo miradas que cuestionen o complejicen los marcos del contexto europeo desde el que trabajamos. Esto se traduce en metodologías de trabajo que son más abiertas: residencias con instituciones científicas, procesos de mediación con comunidades locales, colaboración con agentes del ámbito industrial o energético. La curaduría no se entiende solo como selección de obras, sino como diseño de contextos de investigación y encuentro. Pero también implica asumir contradicciones: por ejemplo, cómo integrar voces globales en un proyecto que intenta reducir su impacto ambiental. Trabajamos desde esa tensión, sin resolverla del todo, pero desde la convicción de que hay que abordarla y hacerla visible.
Cartografiar un territorio. El proyecto incluye una cartografía crítica del territorio como base conceptual del programa. ¿Cómo habéis leído ciudades y paisajes desde el arte?
La cartografía ha sido una herramienta central, pero también la hemos abordado de forma crítica. Somos conscientes de que es una metodología con una historia muy vinculada a estructuras de poder y a formas concretas —y occidentales— de representar el mundo.
Por eso nos interesaba trabajar desde la cartografía crítica, entendiendo que un mapa no es neutral: siempre implica decisiones sobre qué se muestra y qué se oculta, quién tiene la capacidad de representar y desde qué lugar lo hace. Más que el resultado final, nos interesaba el proceso de construcción del mapa.
El trabajo desarrollado en Avilés y guiado por la artista Elisa Cuesta ha sido precisamente eso: un proceso colectivo de escucha, donde artistas, agentes locales y distintos saberes han contribuido a generar una lectura del territorio que no es única ni cerrada, sino situada y plural.
Tres secciones como tres miradas. Estación Meteo, Industrias presentes y Duelos y júbilos.
¿Cómo dialogan estas tres capas entre observación científica, memoria industrial y dimensión emocional de la crisis climática?
Las tres secciones expositivas de la bienal —Estación Meteo, Industrias presentes y Duelos y júbilos— no funcionan como compartimentos estancos, sino como capas que se entrelazan. Estación Meteo se centra en cómo observamos y narramos lo atmosférico; Industrias presentes aborda la memoria y los futuros de los sistemas productivos; y Duelos y júbilos introduce la dimensión emocional, que atraviesa las dos anteriores.
Juntas configuran una especie de ecosistema de lectura: desde lo científico a lo industrial, y de ahí a lo afectivo. Me parecía interesante que las exposiciones pudieran operar en esos tres registros a la vez, porque la crisis climática (ambiental y social) también se vive así: mediada por datos, estructurada por sistemas productivos y como experiencia directa.

Avilés como laboratorio. ¿Por qué Aviles?
La bienal activa once espacios de la ciudad, muchos vinculados a su historia industrial. ¿Qué aporta este contexto a la lectura del presente ecológico?
Avilés es una ciudad marcada por la industria. ¿Cómo se puede pensar la transición ecológica sin borrar esas memorias productivas?
Avilés es un contexto muy significativo porque concentra muchas de las tensiones de nuestro tiempo: una fuerte historia industrial, procesos de reconversión en marcha y la necesidad de imaginar nuevos modelos de futuro.
Trabajar aquí implica necesariamente dialogar con esa memoria productiva. La transición ecológica no puede plantearse como un borrado del pasado, sino como una transformación que lo incorpora. En la bienal esto se traduce en activar espacios vinculados a esa historia industrial y en trabajar con agentes que están pensando activamente en su futuro. Más que utilizar la ciudad como escenario, la idea ha sido que la bienal se inserte en sus procesos de cambio y los acompañe desde la cultura.
Cuando hablamos de clima hablamos también de energía, logística, materiales, cadenas industriales. ¿Cómo aparecen estas infraestructuras en las obras y proyectos de la bienal?
Exactamente. Hablar de clima implica hablar de infraestructuras, de energía, de logística. Por eso era fundamental incorporar la dimensión industrial y energética no solo como tema, sino como campo de trabajo concreto.
En ese sentido, ha sido clave la colaboración con la Fundación Ciudad de la Energía (CIUDEN) del MITECO. A través de las residencias, artistas como Elena Lavellés, centrada en el hidrógeno verde, Mario Santamaría, que investiga infraestructuras del gas, o Andrea Molina, que trabaja sobre procesos de transición en territorios específicos, han podido acceder a estos contextos.
Visibilizar la materialidad de estos procesos es fundamental. Y también entender sus implicaciones globales, como muestran, por ejemplo, trabajos como los de Carolina Caycedo con Our mineral intensive futures o Lawrence Abu-Hamdan con Zifzafa Wind Ensamble.
La crisis climática no es solo un problema técnico, también es emocional. ¿Por qué era importante incluir esa dimensión afectiva dentro de la bienal?
Este ámbito es especialmente significativo para mí, sobre todo por cómo surgió. Cuando empezamos a compartir los resultados de la cartografía con distintos grupos, varias personas nos hacían una pregunta muy similar, que formuló el artista Benjamín Menéndez de forma muy directa: “¿y qué vais a hacer con nuestra herida?”.
Al principio nos descolocó bastante, porque no estábamos seguras de si una bienal de arte y clima debía o podía hacerse cargo de eso. Pero poco a poco entendimos que era precisamente una de las cuestiones centrales.
La crisis climática implica pérdidas, duelos, transformaciones profundas, pero también capacidad de celebración y de imaginación. Incorporar esa dimensión afectiva era imprescindible para no quedarnos solo en lo técnico o lo discursivo.
Arte como espacio cívico. La bienal plantea debates, caminatas, talleres y formatos participativos. ¿Qué papel puede jugar hoy el arte como espacio de conversación pública?
La bienal intenta activar el arte como espacio de conversación pública y eso implica dar la misma relevancia a formatos como caminatas, talleres, debates o procesos participativos que a las exposiciones.
El programa público se ha co-diseñado con organizaciones de ámbitos muy diversos, buscando precisamente generar espacios donde puedan encontrarse personas que no suelen compartir conversación. Nos interesa experimentar con formatos menos rígidos, más abiertos a la escucha y al desacuerdo.
En ese sentido, el arte funciona como un mediador: no para resolver conflictos, sino para crear las condiciones en las que pueda sostener el disenso de forma sosegada y amable.
Imaginarios del futuro. ¿Qué tipo de futuros climáticos aparecen en las obras? ¿Urgencia, preocupación, imaginación o ensayo colectivo?
Aunque la idea de futuro está muy presente cuando hablamos de clima, creo que es muy interesante la relación con el presente. Muchas de las artistas de la Bienal trabajan justamente ahí: mostrando cómo nuestras decisiones actuales, nuestras formas de organizarnos o de pensar colectivamente, ya están configurando futuros posibles.
Más que proyecciones abstractas, lo que encontramos son prácticas situadas. Proyectos como los de Rotor Studio o iniciativas como las de la Escuela de Teitau o La Benéfica de Piloña, apuntan a formas concretas de habitar el presente de otra manera. En ese sentido, la Bienal no plantea tanto futuros cerrados, sino la posibilidad de ensayarlos desde ahora.

Fotografía: Marcos Morilla
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