La América de Edward Hopper

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Si pensamos en los cuadros de Edward Hopper, nos trasladaremos a habitaciones de hotel, cafeterías solitarias y personajes de mirada perdida. Ahora Eva Hibernia traslada 12 obras del pintor norteamericano a escena con La América de Edward Hopper, un montaje teatral que puede verse en la Sala Beckett hasta el día 14 de junio.

Durante dos horas y diez minutos, dos personajes recorren varios espacios que el espectador podrá identificar con las pinturas de Hopper. Los dos personajes son una pareja de enamorados, Vera (Alicia González Laá) y Tomás (Joaquín Daniel), que se trasladan de un sitio a otro por los motivos laborales de él. Ella pasa muchas horas en la habitación y se refugia en la ficción; en sus libros y en las historias que escribe con una máquina de escribir que le remite al recuerdo de su hermano gemelo muerto años atrás. Vera propone un juego a Tomás: inventarse otra realidad, otro universo paralelo que los mismos actores. Así, Tomás es también un hombre judío que escapa de la Segunda Guerra Mundial y Vera se convierte en Miranda, su hija, que sólo desea escribir a su abuela e inventar otro mundo más feliz. Estas dos historias se combinarán a lo largo de toda la obra sin confundir excesivamente al espectador, que en todo momento es capaz de distinguir quiénes son los personajes.

En los dos casos, se contraponen las personalidades de los dos personajes y los diálogos llevan al extremo estas diferencias, a mi parecer incluso exagerándolo demasiado. Les une el amor, pero les separan sus maneras de vivir. Tomás es un hombre que huye de la ficción y quiere centrarse en su vida laboral y Vera se refugia en la literatura y en la invención de historias para huir precisamente de la vida cotidiana. Ocurre lo mismo con Miranda y su padre y, de hecho, cuando las dos historias se entrecruzan, el choque de modos de vivir es el mismo. Y es precisamente esta reiteración lo que puede cansar al espectador.

Eva Hibernia, dramaturga, poeta y directora de escena, firma el texto y la dirección de este espectáculo, que forma parte del proyecto T6 del Teatre Nacional de Catalunya. Un montaje arriesgado, que traslada totalmente al espectador a los cuadros de Edward Hopper, gracias a una muy bien conseguida escenografía de Jon Berrondo, donde destacan los colores, la iluminación y también el atrezzo. Cabe destacar también la interpretación de Alicia González Laá en el doble papel de Vera/Miranda, un personaje frenético cargado de matices que la actriz logra aportar.

Pero aunque la puesta en escena, la dirección y la interpretación son buenas, más de dos horas de espectáculo se hacen largos. En algunas escenas, el diálogo entre los dos personajes es demasiado largo y, en mi opinión, hasta pretensioso, para captar la atención total del público. Así, encontraremos la atmósfera del universo de Hopper y reconoceremos obras concretas del pintor en la escena, pero, personalmente, creo que se estira demasiado la combinación entre esta historia que trata de la frontera entre realidad y ficción, de la necesidad de inventar y de la soledad de cada uno con su propio pasado.

Eva Hibernia nos presenta la idea de América como esperanza, como posibilidad de un mundo mejor, pero quiere abarcar demasiados temas y el espectador se pierde. Hubiésemos preferido un montaje más breve y sintético, menos reiterativo con las mismas ideas que se nos transmiten desde la primera escena en el vagón de tren, una de las mejores del espectáculo, junto con la sesión de tango y el juego entre dos conocidos que juegan a ser desconocidos que nos proponen a la mitad de la obra. Quizá es que nos estamos acostumbrando a las ficciones cortas, pero últimamente las obras tan largas nos resultan excesivas, aunque el telón de fondo sean los cuadros de Edward Hopper, que siempre nos atrapan.

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