Del sol a Fundació Miró: flujos, la arquitectura, el cuerpo y el capital
Alejandro Alonso Díaz activa el Espai 13 de la Fundació Miró con un ciclo expositivo
¿Necesitamos fricciones para parar y darle vueltas al momento que es ahora? ¿Es el arte una manera de hacerlo? ¿Son los perfiles comisariales narradores contemporáneos capaces de activar preguntas más que respuestas? ¿Cómo se comisaría un ciclo en 2006? ¿Cómo se comisaría un ciclo que dura un año? ¿Qué implica titularlo con la hora a la que se pone el sol cuando empieza y cuando termina? ¿Se puede pensar —y programar— desde la energía?
El Espai 13 de la Fundació Joan Miró acoge el ciclo de las 18.12 a las 17.48, hasta el 28 de febrero de 2027, comisariado por Alonso Díaz, curador e investigador cuya práctica se centra en las relaciones entre infraestructura, energía, economía y sistemas de circulación contemporáneos. Un programa que conecta lo infraestructural con lo cotidiano, lo simbólico con lo espacial, articulado en torno a cuatro exposiciones de nueva producción. Huaqian Zhang, Michael Kleine, Ghislaine Leung y Victor Ruiz Colomer activan el espacio desde distintos lugares, a los que se suma, para expandir el gesto curatorial, una intervención en el vestíbulo a cargo de Camilla Wills.
Como curiosas empedernidas que somos, las preguntas se acumulan. Así que fuimos al centro: a la mirada que conceptualiza, ordena y tensiona. Hablamos con Alonso, el comisario detrás del ciclo. Una conversación que gira sobre como la energía – como sistema simbólico -, la productividad y su decadencia, las infraestructuras logísticas del arte y cómo comisariar desde el desacuerdo. Un ejercicio de pensamiento situado entre lo solar y lo económico, entre la arquitectura y la intuición.

El sol como unidad de medida simbólica y estructural. El sol como punto de partida, final y título del ciclo. ¿Cómo aparece esta idea?
18.12 y 17.48 no solamente alude a dos cifras horarias (a las que el sol se oculta en el primer y último días del ciclo), y por tanto a una trayectoria solar. Alude también a unas coordenadas concretas: la ubicación de la Fundación Miró en la montaña de Montjuic. Un poco más al este o un poco más al oeste, estas cifras serían distintas. Me interesaba que el título se refiriese a la implicación con un punto espacial, lumínico, arquitectónico y emocional concreto. Una referencia que es contingente en cuanto a una relación espacio—tiempo determinada, pero que en su lógica cíclica es también perecedera, transitoria y efímera.
Energía como metáfora y sistema operativo. Tu práctica comisarial aborda la energía no solo como materia física, sino como vector simbólico, social, económico. ¿Desde cuándo y por qué esta obsesión con todo lo que rodea la energía?
Mi interés en la energía tiene que ver con la sensación de vivir en un presente prolongado, una suerte de peso de los tiempos. Este peso es lo contrario a la circulación energética, es la pesadez de lo que se niega a pasar, a entregarse al pasado y diluirse en “lo otro”. Es una persistencia que tiene que ver con las lógicas de la repetición, la estandarización y la acumulación, que no es solo material, también es espiritual, fisiológica y económica. Estructuras y lógicas reales que se resisten a la descomposición o que están desincronizados con las propias condiciones de la vida. En este sentido, el ciclo traza una analogía entre infraestructura e inframundo. Aquello que se niega a morir, se niega también a resurgir y en su resistencia, devasta la posibilidad de futuro
Infraestructuras, capital y colapso. Desde la cadena de suministro hasta el sistema expositivo: ¿qué papel juegan hoy las infraestructuras invisibles en la circulación de sentido y valor? ¿Qué tiene que ver todo esto con el capitalismo logístico y cómo se conceptualiza en el ciclo?
La complicidad entre el ámbito de lo infraestructural y los sistemas que regulan el arte y sus instituciones ha sido el campo de estudio de Marina Vishmidt (1976-2024), una de las teóricas del arte más incisivas de su generación, y una referencia constante. Este ciclo expositivo está en deuda con su legado intelectual, particularmente con el término ‘’Crítica Infraestructural’’, que acuñó para proponer un desplazamiento desde una determinada crítica a lo institucional, hacia una crítica que adopte una perspectiva inmanente sobre las formas de producción y las condiciones infraestructurales de la institución. Una institución de arte puede ser un tipo de infraestructura o no, pero el cambio de crítica debe desplazarse desde una perspectiva que la toma como horizonte, sustituyendo las premisas idealizadas que la perpetúan, por una que la considera un nexo histórico y contingente de unas condiciones materiales que pueden ser reorganizadas. A lo largo del ciclo, esta voluntad de reorganización se declinará hacia distintos lugares. Lo que veremos será un espacio de negociación de los modos de experiencia y como están mediados por ciertas condiciones materiales e infraestructurales: desde la forma en la que se regula la temperatura de la institución, la circulación de cuerpos por el edificio y sus rampas, o las relaciones de dependencia entre el staff de la Fundación y el aparato legal, económico y administrativo que lo coreografía. Todas ellas resuenan con un interés en la dependencia, tanto interna como externa, tanto sensible como infraestructural.
Arquitectura, cuerpo y espacio condicionado. La Fundació Joan Miró tiene una presencia arquitectónica fuerte y muy definida. ¿Cómo han influido sus condicionantes espaciales en la selección y presentación de las obras? ¿Cómo se negocia lo site‑specific con lo permanente?
Al igual que el ciclo propone un desplazamiento desde la crítica institucional hacia la crítica infraestructural; también sustituye la noción de «site specific» por la de «context contingent». Por ejemplo, Ghislaine Leung trabaja mediante una serie de ‘’partituras’’ en las que, de manera similar a su función en la composición musical, estas operan como textos que deben ser interpretados durante la instalación. Su contingencia implica que las obras puedan reproducirse en diferentes contextos, mientras que históricamente los trabajos de artistas «site specific» como Smithson o Asher suelen ser piezas únicas, no replicables, creadas para un lugar específico. Una característica del giro infraestructural del sistema es su homogeneidad, su escala masiva y la estandarización de procesos y formas, por lo que sus limitaciones y sus posibilidades suelen darse de forma similar en contextos muy distintos. Por eso un trabajo como el de Ghislaine puede encontrar un espacio de relevancia en contextos dispares. Su trabajo es consciente de que los marcos infraestructurales se repiten; pero también lo hacen el deseo, la pertenencia, el amor o el miedo que habitan esas estructuras.
Arquitectónicamente el edificio de Sert pertenece a un momento en el que espacio y volumen se planteaban desde la visión de un objeto único, mientras que la arquitectura que predomina actualmente es la de fórmulas repetibles que materializan un mar de espacios urbanos homogéneos. En esta lógica, el propio ejercicio de pensar y materializar el espacio se ha convertido en un proceso abstracto, desapegado. Por eso el título alude a lo contrario, la implicación con un espacio–tiempo concreto, en el que la arquitectura se trata desde la implicación con lo contingente. Con aquello que ciertos espacios, recorridos o volúmenes provocan. Mientras que el poder de la infraestructura en el campo de lo arquitectónico reside en la eficiencia de la repetición, la pauta y la estandarización, el ciclo reclama la vigencia del contacto y la implicación sobre como se organizan espacios concretos y sobre como circulan los objetos en ellos.

Fricción entre forma y contenido. En el texto del ciclo hablas de una reciprocidad entre forma y contenido que evita aislamientos. ¿Cómo se traduce esto en decisiones curatoriales? ¿Cómo se comisaría desde aquí?
Me interesa trabajar con prácticas que muestren como la separación entre forma y contenido es, en realidad, una ilusión. La presencia de lo energético y lo infraestructural en el ciclo hace que esto se perciba de manera aún más clara: la dimensión de lo tangible y de lo intangible (no solo del mundo de las ideas, si no también de inquietudes, deseos, agitaciones y sueños) participan en una suerte de baile, de reciprocidad y transferencia. Al igual que el recorrido solar de las 18.12 a las 17.48, se trata de una lógica cíclica. A lo que me refiero con esto es que el tipo de trabajos que se presentan en el ciclo operan desde un impulso tan material como emocional. Como escribe Jean–Luc Nancy, desde ‘’un querer (o desear) que no es pensar; es una perturbación, un eco, un choque reverberante’’.

Desahucio energético. En el texto te preguntas por los flujos energéticos detrás de acciones tan concretas como una transferencia bancaria o un desahucio. ¿Qué debería hacer el arte con esta información? ¿Cómo consigues hacernos pensar sobre ello?
La palabra «infraestructura» suele evocar la imagen de estructuras físicas como centrales eléctricas, redes de comunicación o sistemas de carreteras. Su propia etimología –infra– nos la presenta como una dimensión oculta: el medio que soporta y qué hace circular materiales, información o mercancías. Sin embargo, el ciclo atiende a como el estrato de lo infraestructural, también opera desde una dimensión inmaterial que es incluso más definitoria. Los tipos de movimiento estándar, sus mecanismos y patrones, también afectan a la esfera de la ideología, la legislación o las formas de gestión. Esta inmaterialidad define un tipo de infraestructura que es el punto de contacto entre todos nosotros: las pautas que coreografían el espacio de la vida diaria. Y desde ahí, lo energético aparece como un lugar de transición y contacto. Los artistas, operando desde el umbral de lo cognitivo y lo sensible, que es también un punto de contacto, hacen que la radical dependencia entre las condiciones materiales y lo inmaterial como espacio de posibilidad, aparezca de forma más clara.
Huaqian Zhang, Michael Kleine, Ghislaine Leung y Victor Ruiz Colomer. ¿Qué nos propone cada artista? ¿Y por qué han encajado ellxs?
Tras muchos meses de conversación en remoto, el primer día que los artistas, el equipo de la Fundación Miró y yo nos encontramos, fue el 28 de abril de 2025, el día del apagón que dejó a la Península Ibérica sin suministro eléctrico durante varias horas. Mientras caminábamos por el edificio en penumbra, la falta de electricidad generó un momento de sensibilidad compartida en el que la dependencia de las infraestructuras se hizo evidente, poniendo de relieve aspectos más sutiles de esta estructura. Componentes relacionales, historias afectivas y afinidades materiales que a menudo se pasan por alto. Esta secuencia de exposiciones hace visibles estas interdependencias. A través de una serie de gestos materiales —que abarcan desde la intervención en la temperatura del espacio, hasta la circulación de personas por el edificio, las condiciones de seguridad de la institución o la distribución de la vida y el trabajo—, se aborda la (re)organización de elementos en un espacio que siempre está relacionado con lo atmosférico: una cierta intensidad en la luz, un cierto movimiento al descender una rampa, un cierto sonido al pasar una página. Las obras exponen cómo los ámbitos de lo infraestructural y lo íntimo, a menudo se cruzan.
El ciclo comienza con ARNA, una instalación de Huaqian Zhang que altera la temperatura impuesta por el circuito cerrado de la institución. Ampliando este registro, ARNA anticipa el vacío físico y estructural por el que sonido y calor se extienden. La segunda exposición presentará el trabajo de Michael Kleine y ahonda en una suerte de dramaturgia energética. Entendiendo la energía como un flujo histórico que también se manifiesta desde su dimensión espiritual, su contribución toma prestados ciertos objetos de las colecciones del Museo Marés y los recontextualiza. En el marco de la exposición Digues, Cosa, comisariada por Marc Navarro e iniciada por la Fundación Brossa, Kleine también intervendrá en el propio Museo Marés. Esta doble instalación traza una dramaturgia que atiende a como la energía se manifiesta en ciertos objetos históricos y religiosos, buscando generar una envoltura que desestabilice la noción de sujeto individual. En julio, la exposición de Ghislaine Leung modificará una serie de parámetros que rigen el propio funcionamiento de la Fundación Miró, centrándose en espacios y procesos que revelan la dependencia mutua, la vulnerabilidad de las estructuras y nuestra circulación por ellas. El ciclo concluye con una exposición de Victor Ruiz Colomer que también atiende a la circulación de cuerpos y flujos por el edificio. Partiendo de un interés por las leyes de la termodinámica, Colomer se fija en la imagen de una broca en movimiento, generando huecos y redistribuyendo materia en espiral.
Por último, el hall de entrada acogerá una quinta contribución a cargo de Camilla Wills, que insiste en la circulación material y la distribución ideológica, a través de su práctica editorial con Divided.

Créditos Imagen.
Portada: Rueda de prensa del ciclo de Espai 13 de las 18.12 a las 17.48 comisariado por Alejandro Alonso Díaz y visuales de la exposición Arna (polilla) de la artista Huaqian Zhang. © Fundació Joan Miró, Barcelona. Fotos de de Davide Camesasca & Roberto Ruiz
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