LA FORJA: FUEGO COLECTIVO

La primera velada de La Forja: cuerpos, música y resistencia ardiendo en Los Ángeles Estudio.

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LA FORJA: FUEGO COLECTIVO

El 13 de septiembre en Hospitalet, dentro de Los Ángeles Estudio, algo chisporroteaba. No era solo una inauguración ni un evento cultural al uso. Era un reencuentro, una alianza, una declaración de intenciones en forma de fiesta. Nueve amigas se juntaron y encendieron La Forja: un colectivo que se define como «elegante como el metal y dulce como el amor». Y lo que parecía una frase bonita se reveló como un manifiesto en acto: dureza y ternura, resistencia y afecto, materia y deseo.

La Forja quiere ser fragua: un lugar donde las ideas se calientan y se moldean, donde el error no es un tropiezo sino un golpe de martillo que da forma. Es un espacio abierto, en construcción, que se piensa como plataforma, laboratorio, trinchera y abrazo. No es casualidad que lo inaugurasen con un encuentro entre amigas: la amistad como arquitectura, como sostén, como política.

LA FORJA

La velada arrancó con la Comunitat Palestina de Catalunya, recordando que ningún espacio cultural es inocente, y que en tiempos como los nuestros la neutralidad es complicidad. Hablar de Palestina en medio de una inauguración es recordar que el arte y la fiesta también son territorios donde se da la batalla simbólica. Que no hay belleza sin justicia. Que incluso bailando se puede levantar un puño. Después vino el impacto de Hina Vagina con su performance Blanco Quebrado. Allí el cuerpo era materia prima: objeto de venta, de exhibición, de deseo impuesto. Pero también arcilla que se golpea y se transforma. Los gestos eran martillazos invisibles, como si ella misma se fundiera en la fragua de La Forja: picando, deformando, reconstruyendo. Un cuerpo que se ofrece pero también se escapa, que incomoda, que devuelve la mirada.

la forja

La temperatura cambió con Jaime Domingo y Julia Vives, que desplegaron música y visuales en diálogo continuo. El título, De tu casa a la mía, funcionó como promesa y como práctica: crearon un puente sensorial que convertía el espacio en un territorio común. Había algo hipnótico en esa combinación, un flujo que te arrastraba sin pedir permiso. Una experiencia de esas que no se cuentan, se recuerdan con la piel. De pronto, el aire se partió con el flamenco. Nerea Marfil, Irene Ribas e Iwan el Francés, guiados por la mirada de Lucía Ramos, irrumpieron en la sala con un lenguaje que quizá no todos entendían técnicamente, pero que nadie pudo ignorar. El flamenco no era aquí folclore ni cliché, sino pura emoción en bruto. Voz y cuerda como cuchillo y caricia. Porque cuando alguien canta desde la entraña, lo que queda es la emoción, esa vibración universal que arrasa y contagia.

la forja

El cierre fue un viaje conducido por la DJ SÁGAR, que arrancó su set con un homenaje a sus raíces: un mantra de la religión hindú mezclado con tracks de artistas indios como BAALTI, un gesto de memoria y pertenencia. A partir de ahí, el trance fue escalando, atravesado por remixes inesperados de divas pop que hicieron estallar al público. Y entonces ya no había público: había un solo cuerpo colectivo hundiéndose en el baile, horas y horas de sudor compartido.

Además, el espacio se convirtió también en galería efímera: paredes y rincones respiraban con las obras de Andrea Lázaro, Alicia Milà, Guillermo Solas, Jaime Sabaté, Marc Suau, Oriol Colomer y Pau Geis. Una exposición que acompañaba el pulso de la noche, como si cada trazo, cada forma y cada mirada visual fuesen parte de la misma fragua. Porque La Forja no entiende de compartimentos: la ilustración conversa con la música, la escultura dialoga con el cuerpo, y todo se funde en un mismo fuego colectivo.

LA FORJA

Pero lo que se celebraba no era solo un line-up. Era una forma de estar juntas, de crear comunidad, de inventar un lenguaje propio a base de mezclar disciplinas, acentos, geografías y luchas. La Forja no se presenta como un producto cerrado, sino como un proceso: un lugar donde se cruza la performance con la música, la política con la fiesta, lo íntimo con lo colectivo. Lo más emocionante, quizá, es la proyección hacia adelante: estas nueve amigas sueñan con tener un espacio propio. Una casa donde la fragua no tenga que ser nómada, donde las chispas puedan prender sin extinguirse con la mañana. Por eso este artículo es también un llamamiento: si tienes espacio, si tienes recursos, si quieres apoyar un proyecto que late con honestidad y deseo, escucha a La Forja.

Porque al final, de eso se trató la noche del 13 de septiembre: de comprobar que la amistad es también una herramienta creativa, que el cruce de disciplinas es un idioma potente, que la responsabilidad política no está reñida con la celebración, y que en Hospitalet, entre risas, sudor y emociones, nueve amigas inventaron un fuego que todavía arde. La Forja no es un colectivo más. Es un comienzo. Es un fuego compartido. Y todo esto, además, ocurrió gracias al equipo de Los Ángeles Estudio, que sostuvo, cuidó y celebró como si fueran parte de la familia. Maravillosos, luminosos: sin ellos, la fragua no habría brillado igual.

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