El otro día, en una charla en voz alta con Ugo Boulard, diseñador de moda, hablábamos de modernismo. Para Boulard, no es sólo sexy e inspirador lo orgánico de sus curvas, filigranas y demás detalles, sino también la manera de trabajar de todo un equipo, que en formato coreografía, dan forma a espacios —desde los oficios a los diseñadores de mobiliario o arquitectos—. Contenido y contenedor, como influencia total para creativos actuales. Ante eso, una profesional del diseño y moda, presente en la sala, nos hacía ver que para su generación, ahora plus 50, el modernismo había sido hoja a pasar, cero inspiración, incluso cursi u hortera, buscando en lo recto, lo mínimo y visual, a lo Van der Rohe, el lugar donde mirar e inspirarse, no en los edicios de la ciudad. Como todas las influencias, navegan al son de los lustros, de manera que lo reacio suele ser lo interesante para otros, y viceversa, y así volver a empezar. En este sentido, el modernismo hoy se siente blooming para esas miradas más jóvenes – entendiendo modernismo como actitud -, punteras y afinadas que crean alrededor de este este. Y es justo en este contexto donde Casa Batlló construye su propuesta, más arriesgada y a la vez más internacional, pensada para lo más locales (hurray): Casa Batlló Contemporary.
En un contexto que es ahora, donde los turistas preocupan, el pasado se olvida, enquista o esconde, y la masificación de propuestas de entretenimiento por entretenimiento se multiplica, encontrar espacios con puntos de vista contemporáneos, inteligentes y pensados por y para los locales es ir en la línea adecuada.
Y aquí emerge Batlló Contemporary, abierto hace unos meses, coincidiendo con la ya esperada activación de su fachada anual. Es entre enero y febrero cuando se cierran las calles y artistas reconocidos a lo “hola?”, “get ready” —Refik Anadol en 2022 con “Living Architecture: Casa Batlló”, Quayola, en 2025, con “Arborescent” o Sofía Crespo, en 2024, con “Structures of Being”— han ideado, conceptualizado y diseñado una propuesta efímera que activa la fachada de la flamante casa en un momento concreto que se repite durante dos días. Ante el tal “ciao, bye” que sigue la experiencia, más las ganas de poner el patrimonio a dialogar con lo que está pasando a nivel tech, audiovisual en el mundo, nace esta propuesta que, escondida dentro de la casa, con ofertas especiales para locales, reluce en pleno centro de la ciudad. Un oasis, para sentarse y dejar pasar el tiempo a ritmo de United Visual Artists.
El estudio londinense, fundado en 2003 —allá es nada— por Matt Clark, ha sido el encargado de activar la fachada e inaugurar el espacio, expandiendo un juego de contrastes. Estructurando así la exposición en ciclos: día y noche, luz y oscuridad, orden y percepción. Fractales, movimiento —una bailarina que traduce formas en gesto, capturada y expandida en las piezas— y un juego tecnológico donde la naturaleza, la geometría, lo invisible y lo espiritual estructuran las piezas presentadas.
United Visual Artists traducen el universo gaudiniano en lenguaje contemporáneo: mapping expandido, esculturas cinéticas, entornos audiovisuales. Se alejan del wow por el wow, del espectáculo por el espectáculo, y llevan el proyecto a la idea de investigación. Luz, movimiento, geometría y tiempo como herramientas para explorar aquello que Gaudí ya intuía: la naturaleza como sistema.
Casa Batlló Contemporary recoge esta tensión creativa, babum, y la convierte en programa. La exposición acabará el 17 de mayo, empezando otra propuesta la mitad del año siguiente hasta la activación de nuevo de la fachada. Y así, en un loop de diálogos creativos que buscan traernos un diálogo entre patrimonio, arte y tecnología, que dejan de estar en compartimentos estancos para empezar a operar como sistema. Para hacerlo posible, un equipo que, a lo laboratorio, comisiona, produce y conecta prácticas contemporáneas que rechazan lo convencional. Un espacio vivo que deja la nostalgia de lado y activa el universo gaudiniano como proyecto vivo, dinámico y con mucho camino por recorrer.
De nuevo, como en la conversación con Boulard, o aquellos perfiles que beben de los delirios modernistas, hoy la geometría como lenguaje universal, anterior incluso a la conciencia y al pensar —como si antes de entender, ya sintiéramos—.
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