Durante mucho tiempo los festivales parecían responder a una lógica bastante sencilla: crecer. Más escenarios. Más artistas. Más público. Más impacto. Más metros cuadrados. Pero en un contexto marcado por la saturación, la crisis ecológica, la fatiga de atención y la necesidad de reconstruir vínculos con aquello que nos rodea, las preguntas son muy diferentes. Más allá de lo grande y ruidoso, ahora, sin duda, toca mirar, vivir y chequear ensayos que esbozan otras ligas, otros formatos y otros lugares. Tal vez estos nuevos espacios miran más hacia lo ancestral, lo de siempre y lo que funciona: personas cuidando de personas, más que el último *hype* de turno. Ecosistemas capaces de generar relaciones. Entre personas, disciplinas, materiales, paisajes y formas de conocimiento. Y aquí, amiguis, el ejemplo concreto es Rizomes. Ojo con las fotos. Sueltas todo, las miras y suspendes el tiempo.
Del 26 al 28 de junio, cerca de dos mil personas, de manera distribuida y fragmentada, volverán a reunirse en una plantación de chopos en La Cellera de Ter para participar en una propuesta que desde hace años explora formas alternativas de encuentro cultural. Música, arquitectura efímera, artes visuales, construcción colectiva y ecología conviven aquí como partes de un mismo sistema. De hecho, el lugar es parte esencial del concepto del festival, muy entrelazado con la idea de rizoma. El territorio, el paraje, es una propia plantación formada por quince mil árboles organizados en una retícula de cinco por cinco metros que determina la forma del festival. Los árboles funcionan como estructura, soporte y condicionante de una arquitectura temporal que cambia cada año según evoluciona el bosque. Como la vida, como las olas, como la naturaleza. El lugar es un agente activo del proyecto y esto atraviesa toda la programación.
En un momento en que muchas conversaciones sobre sostenibilidad continúan operando desde la teoría, Rizomes introduce prácticas concretas: compostaje, baños secos, reutilización del agua, construcción con materiales de bajo impacto y regeneración activa del entorno. Incluso el paso de quienes asisten forma parte de este ciclo. Proceso, equipo y contemporaneidad. Las semillas plantadas en determinadas zonas aprovechan la compactación del terreno para favorecer nuevos procesos de fertilización.
La arquitectura efímera ocupa un papel central a través de Circular, un programa donde participantes y profesionales trabajan durante días levantando estructuras temporales con madera, tierra cruda y materiales reciclados. Este año se suman también estudiantes del máster de Arquitectura Efímera de Elisava, convirtiendo el bosque en un laboratorio abierto de diseño, aprendizaje y prototipado.
A ello se añade REG, un programa de residencias que permite a artistas desarrollar instalaciones específicas para el entorno natural. Siete proyectos seleccionados entre más de ochenta propuestas convivirán con el paisaje, ampliando la experiencia más allá de la programación musical.
La música se despliega en dos escenarios alternantes, eliminando la lógica de los solapes y recuperando la posibilidad de escuchar. Por el festival pasarán nombres como Orchestra Fireluche, Sarathy Korwar Drum Ensemble, Dania Shihab, Paolo Angeli, Hatis Noit, Pau Figueres Trio, Etuk Ubong, Jokkoo o DJ Travella, construyendo un recorrido que conecta jazz, electrónica, tradición oral, experimentación sonora y culturas de club.
Ojos para mirar, revisar y disfrutar de nuevos formatos. Un perfecto ejemplo de prototipo de algo mayor. Un ensayo sobre cómo podrían diseñarse los encuentros culturales en los próximos años. Menos centrados en la espectacularidad y más atentos a las relaciones que generan. Más conscientes de los recursos que utilizan. Más conectados con los lugares que habitan.
Entonces volvamos a la pregunta inicial. ¿Cómo podríamos imaginar festivales para futuros mejores? Obvio, no hay una única respuesta, pero en un bosque de chopos de La Cellera de Ter, durante tres días de junio, hay unas cuantas pistas interesantes.









