Todos los caminos llevan a un hotel
Elegir irse es elegirse
Me escapé al norte, de forma bastante improvisada, casi de un día para otro, tratando de “andar camino” y con la esperanza de poder desaparecer conmigo misma. Con la misma esperanza que le tomé prestada a Vaclav Havel cuando dijo que “la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, salga como salga”. Y con ese sentido o sin ningún sentido alguno llené el coche y partí.
Qué tendrá viajar que te conecta con el cosmos. C.S. Lewis escribió que “la amistad es innecesaria, como la filosofía, como el arte, como el universo mismo…No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que dan valor a la supervivencia”. Imagino que ese valor, el que da sentido a la vida, es el que buscamos arañar, el que intentamos integrar en nuestra forma de vivir. Él habla de amistad y de arte, pero en realidad me atrevería a añadir todo aquello que se sobreponga al mero hecho de existir y cubrir las necesidades básicas. Justo anoche escuché una conversación donde hablaban sobre esto. “El cerebro está diseñado para asegurarnos la supervivencia, no la felicidad”. Seguramente acercarse al sentido de la vida es acercarse a la felicidad.
Y con todos esos pensamientos en la maleta, con conversaciones en formato podcast y mucha música nueva de fondo me adentraba por momentos en el paisaje. Un paisaje cada vez más cambiante y envolvente a medida que recorría carreteras de interior. El objetivo era huir del cemento, incluso del asfalto, buscaba caminos de arena, primavera despuntando, cielos despejados y el zumbir de la naturaleza. Tras varias semanas pisando norte me prometí (de nuevo) volver pronto. Recordé la importancia de viajar cerca. Entendí que “casa” es muchos lugares y que el mundo está lleno de gente maravillosa haciendo grandes las cosas sencillas. Encontré honestidad y verdad en los lugares menos esperados. Esquivé el ruido. Brindé con Txakolí. Me tatué la luz muy dentro. Esa luz del norte que no deja de sorprenderme. Como tampoco lo hacen esas montañas infinitas, esos campos de hierba fresca ondeando o ese viento rabioso y enloquecedor que parece arrancarte de cualquier acantilado. La naturaleza se siente y eso es probablemente lo que te conecta con el viaje.
Conocer el territorio a través de hoteles y lugares singulares es algo casi obligatorio en cualquiera de mis escapadas. Muchas veces los busco, y otras ellos me encuentran. A continuación, comparto algunos de ellos y lo hago a través de cómo una se siente cerca o dentro de ellos. En nosotros viven distintos personajes, roles y versiones de nosotros mismos. Es interesante dar rienda suelta a estos avatares en escenarios que permitan dotarlos de vida.
Caminantes
«Debemos estar solos, pero juntos.» Esta frase de Alberto Solé me remite mucho a cómo viví el Camino de Santiago en su día. Cada quién tendrá sus motivos y motivaciones para hacer partes del camino o el recorrido entero, pero sea cual sea el porqué y el cómo, todos quienes lo hemos vivido hemos estado juntos en soledad.
Quinta San Francisco nace con el objetivo de dar un capricho a todo peregrin@ ya que está ubicado en un punto estratégico del Camino francés, en Castrojeriz, un pequeño pueblo de 600 habitantes de los más bonitos de España.
El hotel toma su nombre del Convento de San Francisco del siglo XIV y sus ruinas hoy forman parte de la propiedad y están reconocidas como Patrimonio Histórico. Un oasis burgalés en el que revivir inmersa en un verdadero lujo austero. Justamente así nació el proyecto, de la mezcla de un alojamiento de lujo pero con la sobriedad de los tradicionales albergues del Camino. Todo pensado para el caminante, su descanso y relajación. En este hotel no hay televisores, minibar, una gran piscina o lujos “extras”. Es absolutamente innecesario y no se les echa en falta. Aquí se viene a encontrar paz, silencio, un descanso cómodo, momentos de lectura, conversaciones frente la chimenea del salón o a remojar los pies cansados en el pediluvio del jardín.
Y con la joya de la corona nos topamos, porque Quinta San Francisco cuenta con otros atractivos pero el jardín es, sin duda, el lugar favorito. Un vergel de 15.000 metros cuadrados que alegra los sentidos con lavandas y todo tipo de plantas aromáticas que conviven con varios árboles frutales.

Si volvemos al Camino, la variante interior también ofrece la posibilidad de conocer también Tolosa, otro lugar con encanto. La capital de una comarca caracterizada por prados verdes, montañas de 1000 metros desde donde se puede ver el mar y una marcada tradición rural. Como dicen los locales, “alma verde, corazón de montaña”.
Allí encontramos Bidebide (que se traduce como “camino camino”), un hotel ubicado en pleno casco antiguo, en la plaza donde se celebra su famoso mercado gastronómico los sábados, los carnavales más famosos de Euskadi y una animada vida cultural.
Ya seas peregrino o simplemente amante de la naturaleza, este edificio con más de 100 años de historia totalmente renovado te conecta con la cultura y el descanso. Ya sea a través de las exposiciones y venta de arte local que promueven, este pequeño hotel es ideal para cargar fuerzas y funciona como campo base para lanzarse de lleno a la naturaleza.

Nómadas y exploradores
Podríamos seguir vinculados al Camino ya que a través de las Bárdenas han pasado durante siglos, devotos peregrinos, pero esta vez nos desviamos para visitarlas de otra forma ya que éste es un terreno árido y difícil para recorrer a pie.
Las Bardenas Reales es una zona que cuenta con un paisaje único en Europa y son tierras que encierran un profundo calado espiritual. Se dice que es el desierto más grande del continente y atrapa justamente por sus paisajes lunares y su microclima, flora y fauna propios. Ver atardeceres y alargar la mirada en este Parque Natural es el sueño de cualquier alma exploradora rodeada de un escenario inhóspito y hostil.
En medio de la nada, entre Barcelona y Madrid, encontramos Aire de Bardenas. Un lugar distinto a la mayoría de hoteles que hayas podido visitar. El enclave perfecto para disfrutar de un cielo estrellado, un paisaje cambiante en colores, luces y formas.
Aquí se viene a parar. A escuchar el sonido de los pájaros y la naturaleza. Probablemente a atender al silencio. Visitar el huerto y, por supuesto, a probar los productos de la tierra cultivados ecológicamente para que su sabor sea el auténtico sabor de la verdura de verdad. ¿Qué hay mejor que un plato de verdura de Navarra? Alcachofa blanca de Tudela, espárragos frescos, pochas, cogollos.. Estos son los verdaderos lujos de este lugar.
Para dormir podrás elegir entre distintas opciones. Las combinaciones ya van a libre elección: patio privado, cubo con bañera de agua caliente, habitación con vistas al paisaje semidesértico, habitaciones burbuja.. imaginación al poder. Cualquiera será una buena decisión porque en todas ellas disfrutas de la absoluta paz mental.

Almas nobles
Siempre he pensado que la nobleza y la elegancia conviven y pasan por el silencio. De hecho, Friedrich Nietzsche apuntó que el camino hacia todas las grandes cosas pasan por él. Muchos de los lugares que menciono aquí abrazan el silencio pero probablemente el Palacio de la Helguera es el que lo encapsula, lo eleva y te lo devuelve con un saber hacer especial.
Escondido en los Valles Pasiegos, con treinta mil años de antigüedad, este Palacio del siglo XVII ha sido convertido en un hotel anticuario. Y nada más y nada menos que por eso merece la pena visitarlo una vez en la vida.
Lejos de poder parecer un lugar opulento y recargado, el lugar te acoge, te recoge y te brinda una intimidad en cualquier estancia del edificio. Tanto en la habitación como en los espacios comunes. El palacio no es una parada, sino un destino en sí mismo ya que está inmerso en la naturaleza cántabra, en un enclave privilegiado. De hecho, desde la mayoría de estancias del hotel se pueden observar los campos y las montañas. Aunque la joya es el invernáculo con un frontal inmenso de cristal que te permite bañarte, descansar o leer junto a la chimenea con una panorámica impresionante de los valles y la vida que en ellos se sucede.
Sin duda, la propuesta gastronómica se basa en los productos de temporada de la tierra y el vino es también exclusivo del lugar. Sello propio en toda la propuesta. Todo ello en un entorno de auténtica naturaleza y cuidada decoración; muebles y objetos de anticuarios de todo el mundo, a la venta para quien quiera llevarse un poco de historia a su casa.

Amantes rurales
Como perderse forma parte del camino, los valles cántabros merecen ser recorridos por las carreteras más diminutas. A mi, lo de marcar “favoritos” ni me apetece ni me gusta, pero es verdad que hay lugares que te enamoran más que otros. De todos los pueblos que puedas visitar, Carmona puede que sea uno de esos. Lugar donde dos amantes de “la buena vida sencilla” han hecho su sueño realidad. Imagino que compartir ese sueño con el resto hace que el proyecto tenga más sentido.
Lucía y Fer dejaron sus trabajos “estables”, las prisas, los gastos y los excesos para retirarse a la montaña y lo hicieron de verdad. Pasaron de vivir rápido a vivir lento. Sin renunciar a vivir intensamente. “Vivir con menos es vivir más”, dicen. Cambiaron las luces de la ciudad y el humo de los coches, por las noches estrelladas y chimeneas humeantes. Y sí, son más felices. También han demostrado ser más valientes.
Han encontrado el equilibrio y quieren compartirlo con los demás, proporcionando un dos espacios tranquilos que inspiren y aporten una forma de vida más consciente y coherente.
Rodeada de montañas, La Infinita rural ofrece dos opciones, una preciosa casona típica de arquitectura montañesa o un antiguo molino rodeado de árboles y atravesado por un río. Ambas opciones permiten que conectes contigo y con el entorno. De hecho es algo casi obligatorio ya que la propia ubicación, el olor de la hierba, los campanos de las vacas y el ambiente relajado te transporta a las raíces de lo auténtico. Pura tranquilidad donde disfrutar de la naturaleza, la lectura, la gastronomía, la fotografía, el deporte o la artesanía.

Terrícolas
Por último, me permito un cambio de registro para hablar de un lugar que merece tantísimo la pena descubrir. Es de esas maravillas que ilusiona compartir pero a la vez guardarías muy dentro para que no pierda su magia jamás de los jamases.
Lur en euskera significa Tierra. Y es que el lugar no se podía llamar de otra forma. Allí nos recibe Iñigo Segurola, jardinero, paisajista y artífice de Lur Garden, uno de los jardines más bestiales que os podáis imaginar.
Hablaros en profundidad de este espacio y de Iñigo es muy complicado a la vez que injusto para cualquiera que quiera ir a que le sorprenda. Por un lado, trasladar en palabras todo lo que aflora en este jardín es prácticamente imposible y hacer un spoiler de las historias del creador del lugar es matar “el directo”. Por lo tanto, simplemente os animo fuertemente a que visitéis esta pradera de siega reconvertida en un jardín de 20.000 metros cuadrados durante los últimos nueve años. Tras todo este tiempo, el jardín ha empezado a caminar solo y a expresarse en plenitud. Y es ahora que han decidido abrirlo al público. Allí os recibirán el estudio de paisajismo, el invernadero, el jardín rojo, el jardín de hojas grandes, el jardín de la extravagancia, el parterre amarillo, la zona de humedales, el jardín espejo, la pradera, el jardín jurásico, el jardín de musgos, el túnel de las calabazas, el jardín blanco y los jardines de hortensias. Suficientes excusas para que tú no encuentres ninguna para no dejarte caer por allí.
En Lur te cuestionas las palabras de David Hume cuando dice que “La belleza no es una cualidad de las cosas en sí: Sólo existe en la mente que las contempla; y cada mente percibe una belleza diferente.” Allí la belleza de la propia naturaleza habla por sí sola. Y sino, ya me lo contaréis.

Finalmente, en este viaje además de lugares y paisajes me he encontrado con personas, todas ellas muy conectadas con propósitos propios e ilusión en sus miradas. Han formado parte del camino, le han dado sentido y me han enseñado que si una se escucha y hace, consigue estar más conectada con la verdad, la coherencia y la felicidad.
Los artífices de Bizio fueron los primeros con quienes me encontré en Durango, el pueblo que les cobija. Maore, Omar y Julia rehuyen de etiquetas así que en lugar de hablar de qué es Bizio prefieren hablar de lo que hacen. Hacen sidra y otras bebidas, mayormente fermentadas. Sus sidras están elaboradas 100% de fruta, sin añadidos, ligeramente ácidas y burbujeantes. Su manera de hacer está muy alejada, en todos los sentidos, de procesos industriales a gran escala. De hecho su método de elaboración ancestral petillant-naturel consiste en intervenir lo menos posible en el proceso y el embotellado. Con su proyecto quieren dar valor al territorio y a quienes lo cuidan por lo que procuran contar con productos y productores de cercanía. Tres amigos que comparten talento, nobleza y generosidad.

Días más tarde visité Bakea por recomendación de una amiga y creo que fue uno de los mejores regalos del viaje. Otro lugar que merece una visita (¡o varias!) sin estar condicionada por demasiada información previa. Reservar, ir y dejarse conquistar.
Bakea conjuga la pasión por el hierro, el fuego y la gastronomía en una propuesta enraizada en Mungia, sobre un valle cercano a la costa de Bizkaia. Y lo hace engranando ingredientes, tradiciones y memoria en una interpretación propia de Euskal Herria, como espacio cultural y geográfico compartido.
Inspirado en los txokos de sus alrededores, este lugar propone disfrutar de lo mejor de cada temporada, de sabores reconocibles o de referencias cotidianas concebidas bajo la mirada de Alatz Bilbao. Bakea es cocina y es taller. Se trata de un lugar de ejecución e inspiración compartido donde producen desde una cocina de leña diseñada enteramente para ellos, así como buena parte de las herramientas, vajilla y menaje con las que trabajan. Alatz aprendió a cocinar en contacto con el fuego, el mismo con el que ha trabajado su familia toda la vida en su propio taller de metalurgia. Ahora él aúna sus conocimientos y su aprendizaje, y sorprende con una propuesta que, os aseguro, no os dejará indiferentes. Con él hacen equipo Axel, Alejandro, Fran y Maria (entre otros). Un equipazo de almas jóvenes, honestas y con mucha sed de más.

La misma amiga me recomendó hacer parada en Orio para comer en Xixario. Un asador abierto en 1966 por un pescador y secretario de la cofradía. Hoy continúan sirviendo principalmente besugo, ensalada y txuleta, y se mantiene la esencia del asador con platos tradicionales, txakolí local y clientes fieles. La visita fue un éxito, el lugar auténtico, el producto espectacular y la experiencia como para repetir cada semana. Pronto tendré que meter a mi amiga en mi Innfâll y llevarla conmigo de viaje con tanto acierto en sus recomendaciones.
Innfâll es el proyecto personal de Jero Díaz y merece detenerse un momento porque cualquiera de sus creaciones son un básico para cualquier viaje. Innfâll es una palabra noruega que significa “idea, inspiración, impulso, capricho..”. Todo eso junto y por separado es lo que incitó a Jero a poner su alma en un proyecto que uniera su pasión por el diseño, su interés por la artesanía y su actitud ante la vida. Con ella nos lleva a los orígenes. Un retorno a lo básico, a la comodidad, a lo práctico y a lo personal. Os recomiendo echar un ojo a lo que hace. Veréis su implicación en todo el proceso desde la ideación hasta la propia entrega. El valor del trabajo hecho a mano que tanto he visto en este viaje también está en cada una de sus piezas de diseño.
El norte, como tantos otros lugares, es infinito y podría mencionar muchos otros lugares que te recuerdan quién eres y de dónde vienes. De tí depende decidir hacia dónde vas y cuáles son los próximos pasos. Esta escapada me recordó que nunca es tarde y que irse a tiempo es llegar temprano al otro lado.
Artículo escrito por Marta Parera.
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