«MARTIAGO» de Cristina Len: comunidad y folclore desde dentro

La nueva pieza audiovisual de la artista, que acompaña a su EP homónimo, explora la comunidad y el folclore contemporáneo

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«MARTIAGO» de Cristina Len: comunidad y folclore desde dentro

Pensar desde la comunidad, actuar desde la conciencia. Así es la nueva pieza audiovisual de Cristina Len, MARTIAGO. Una película que amplía y tensiona el universo de su EP homónimo, dirigida por Luis Soto Muñoz y con la dirección creativa de Dani Bega. Lejos de romantizar o convertir lo rural en objeto de consumo, MARTIAGO se construye desde dentro: desde la escucha, el roce y la incomodidad de formar parte. La pieza, rodada durante las Fiestas del Santo Cristo de Martiago, en Salamanca (el pueblo de las raíces familiares de la artista),  propone una mirada que se desplaza de lo individual a lo colectivo, poniendo en el centro a la comunidad como sujeto activo y no como paisaje. Cristina Len, experta en tomar archivos culturales que quedan olvidados en el camino de la historia, decide en este proyecto, no simplificar, no estetizar y no apropiarse de aquello que ya tiene voz propia.

Conversamos con ella sobre los límites entre tradición y contemporaneidad, la responsabilidad de mirar y hacer desde dentro, y las tensiones que atraviesan hoy la representación de lo rural, el folclore y la memoria colectiva.

CRISTINA LEN

Fotografía por @mariagmar
Hola Cris, ¿qué tal estás? ¿Qué te está inspirando estos días?

La verdad es que ando cansada y distraída; asumo que ambas cosas tienen relación. Estos días estoy bastante inspirada por la escritura. En especial, estoy leyendo a Anaïs Nin y me tiene bastante loca.

MARTIAGO no mira el pueblo desde fuera, sino que deja que el pueblo se exprese. ¿Cómo fue para ti trabajar directamente con la comunidad de Martiago en lugar de hacer un retrato externo?

Me he llenado de barro y estoy bien orgullosa. Si quería hacer este proyecto desde una visión honesta, debía embarrarme y trabajar directamente con la gente. Ha sido jodido: he tenido que ganarme la confianza de una comunidad, darme a entender y pasar ciertas incomodidades, pero siento que era la única forma de hacerlo. A su vez, ha sido muy enriquecedor para todas.

El documental MARTIAGO acompaña al EP homónimo que has desarrollado en paralelo, un trabajo en el que reinterpretas repertorio tradicional del pueblo desde una producción electrónica contemporánea junto a Yoel Molina. En ese cruce entre memoria musical y nuevos lenguajes sonoros parece abrirse un diálogo entre tiempos distintos. ¿Cómo ha sido para ti ese proceso de encuentro entre tradición y modernidad?

Es un proceso complejo, porque no hay unas bases que te marquen dónde están los límites en el respeto a lo común, así que tienes que dejarte llevar por la intuición y el buen hacer de quienes te acompañan. Yo he tenido la gran suerte de aliarme con Yoel Molina; siento mucho respeto por su visión y la comparto. Yoel ha trabajado con las melodías y los ritmos originales de las canciones tradicionales de Martiago y ha hecho unos arreglos magníficos que las vuelven atractivas para los oídos actuales. Hemos hecho un trabajo de producción muy fino y muy consciente de dónde estaban nuestros límites.

cristina len

Fotografía por Dani Bega
La voz de Vega, una niña del pueblo, articula parte de la narración. ¿Qué buscabas transmitir al darle protagonismo a su mirada dentro de la memoria colectiva?

Debo ser sincera: fue idea de Luis. Rápidamente le di el OK. Vega es una niña que ha vuelto al pueblo con sus padres, y eso para mí tenía mucha relevancia en el discurso general del proyecto. A la vez, la voz de una niña siempre te sitúa de otra manera frente a lo que estás viendo y escuchando. No sé muy bien qué es, pero conecta más fácilmente con todos, sin distinción; elimina prejuicios y barreras que lo narre ella.

Tu proceso parte de lo íntimo y doméstico, instalándote en la casa de tu abuela. ¿Qué significa para ti trabajar desde tu propio territorio familiar en términos de descentralización del arte?

No he reflexionado demasiado sobre ello… Asumo que no había otra manera de hacer el EP en ese momento: el foco estaba puesto en estar lo más dentro del pueblo posible. También parte de la precariedad, como todo en mi proyecto; la casa de mi abuela sale “gratis”. El arte y la música no necesitan de los mejores medios para salir a flote. Lo hemos hecho con lo que teníamos a mano.

MARTIAGO rechaza la idea de “autenticidad” como algo que haya que mostrar o explicar. ¿Por qué era importante evitar la nostalgia o el exotismo rural? ¿Crees que se pierde valor cuando lo rural se convierte en un objeto exótico?

No me interesa la autenticidad como algo que haya que demostrar, porque en cuanto la señalas, ya la estás forzando un poco. El pueblo no necesita que yo lo explique ni lo convierta en algo especial para que tenga valor. Evitar la nostalgia o el exotismo era bastante importante porque mi mirada es muy de fuera, muy de ciudad, muy de niña que veranea en el pueblo. Eso es peligroso, porque te coloca muy fácilmente en un lugar de observación, casi de consumo de lo rural. Y ahí se pierde todo el discurso.

Cuando lo rural se convierte en un objeto exótico, se simplifica. Se vuelve una imagen bonita o curiosa, pero deja de ser un lugar real donde pasan cosas, donde la gente vive. Y a mí me interesaba justo lo contrario: estar dentro, aunque eso a veces sea menos agradable o menos “vendible”.

cristina len

Fotografía por @mariagmar
MARTIAGO plantea que el folclore es un cuerpo vivo en transformación. ¿Crees que la revitalización de las tradiciones locales a través de la música electrónica, sin caer en apropiaciones ni clichés, es posible?

Bueno, creo que soy un ejemplo de ello. También lo son proyectos como Casapalma. No caer en los clichés es complicado y pasa por traspasar ciertas capas de superficialidad, por ir a la raíz. Siento que con esta tendencia del folclore (y sus etcéteras) se cae en la superficialidad muy rápido; es muy fácil, yo he caído anteriormente.

Una vez eres consciente de ello, creo que mi papel en este proyecto es demostrar que hay otras vías, en las que quizás tienes que embarrarte más, estar más en los márgenes, pero vale la pena. Hay una cultura muy rica y muy antigua en España que estamos dejando pasar por alto, que estamos permitiendo que se olvide. Si el folclore acaba siendo únicamente una tendencia superficial repleta de clichés, la gente se hartará pronto, no perdurará y no servirá para mucho más. Esa es mi opinión: es posible, pero requiere mucho más esfuerzo para profundizar y asentar bases.

En un contexto donde gran parte de las industrias creativas siguen concentradas en grandes ciudades, desde tu experiencia con este proyecto, ¿qué crees que tendría que cambiar para que el trabajo cultural pudiera volver a generarse también desde las zonas rurales? ¿Crees que el arte puede ayudar a reimaginar el papel de los pueblos dentro del ecosistema cultural actual?

Creo que estamos todavía al principio como para dar una respuesta clara. No sé muy bien hacia dónde va esto, pero sí intuyo que no pasa por mover la industria cultural a los pueblos. La industria cultural, tal y como está planteada, va a seguir concentrada en las ciudades. Otra cosa es la cultura. La cultura no pertenece a la industria, y eso sí puede generarse desde cualquier sitio.

De hecho, los proyectos que nazcan en zonas rurales probablemente estén fuera de esos márgenes, y eso no es necesariamente algo malo. Rezo para que sigan surgiendo este tipo de proyectos y que se puedan mantener.

Para que esto ocurra de forma más sostenida, no basta con lo artístico. Tiene que haber condiciones materiales: posibilidad de vivir, de trabajar, de quedarse. Y eso conecta con algo más amplio que ya está pasando —el teletrabajo, la imposibilidad de sostener una vida en las ciudades— y que está empujando a mucha gente a volver o a mirar hacia otros lugares. En ese sentido, no creo que el arte por sí solo pueda reimaginar el papel de los pueblos, pero sí puede acompañar ese movimiento. Y eso ya es bastante.

cristina len Fotografías por @mariagmar
Hemos visto que la dirección de arte está a cargo de Alejandro Cruz, y se percibe un lenguaje visual muy cuidado, casi ritual, con una estética muy concreta que atraviesa toda la pieza. ¿Cómo fue trabajar esa dimensión visual y qué buscabais transmitir a través de esa identidad estética?

Corazones y abrazos a Alejandro, siempre <3 Queríamos trabajar con los elementos que nos daba el pueblo, con lo que ya existe, y ordenarlo. Ha sido un trabajo de gusto y de selección por encima de todo. La estética ya estaba: mi pueblo tiene su estética, como todo pueblo de la España vaciada. Alejandro hizo un trabajo muy fino seleccionando qué sí y qué no entraba, con mucho cuidado. Y así con todo lo referente a la estética del proyecto: es más selección que pura creación.

Siguiendo en la línea de lo visual, a lo largo del documental aparecen muchos elementos religiosos: cruces, escenas en la iglesia, gestos que forman parte del imaginario colectivo del pueblo. ¿Qué lugar ocupa la fe dentro de la obra y también en tu vida personal? ¿Crees que hoy es posible reinterpretar la espiritualidad desde una mirada contemporánea?

Bueno, temita candente. La fe está en mi pueblo y en mi vida: la iglesia está en el medio de la plaza y yo me he criado en un colegio católico. No puedo negarme a ello ni invisibilizar esa parte de mí y de lo que me rodea.

Más que preguntarnos cómo reinterpretar la espiritualidad hoy, me obsesiona por qué están volviendo ciertas formas más duras, más cerradas, casi como una necesidad de orden o de control. Supongo que cuando entendamos mejor eso podremos construir otra cosa. Pero ahora mismo, yo estoy más en la fricción que en la respuesta.

cristina len

Fotografía por Dani Bega
El imaginario rural suele estar cargado de nostalgia, como si los pueblos pertenecieran más a la memoria que al presente. Sin embargo, MARTIAGO nace desde una experiencia muy presente, vivida por ti en el pueblo durante meses. ¿Cómo ha cambiado tu manera de relacionarte con Martiago después de vivirlo y trabajarlo desde el ahora?

Creo que antes tenía una relación más estética con el pueblo, más desde fuera. Mi pueblo ha sido un lugar que recordar, del que hablar y en el que veranear; no había un interés mayor que ese.

Tras este proyecto, eso se rompió. El pueblo dejó de ser imagen y pasó a ser algo real. Y ahí ya no hay nostalgia posible, porque estás dentro. También se cae un poco la idealización. Hay cosas muy bonitas y otras que no tanto, como en todo, y eso me interesa más que la versión romántica.

Mi relación con Martiago ahora es más contradictoria. Siempre vuelvo al pueblo, pero no lo habito al completo porque no lo veo viable con mi trabajo y mi ritmo de vida. Ahí está el tema.

Para cerrar, si tuvieras que invitar a alguien a acercarse a Martiago hoy, ¿qué dirías que hace que este pueblo siga vivo a través del arte y la música?

Su gente. Que el Ayuntamiento haya apoyado mi cortometraje, que la Asociación Tres Puentes haga eventos, que Mariano y Agur recopilen las canciones, que Deme escriba poesía… La gente es la que mantiene viva la cultura y la vida de este pueblo. Que no se nos olvide.

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