Doncella y su álbum debut: «Besar el Grifo».

Una conversación íntima con el artista asturiano sobre su proceso creativo, la autoexigencia, y cómo convierte lo cotidiano en paisajes musicales únicos.

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Doncella y su álbum debut: «Besar el Grifo».

Escuchar su música es como deslizarse entre los versos de un poema, como la brisa que se cuela por la ventana un día de calor. Un sonido que mezcla vulnerabilidad y poder, delicadeza y fuerza.  Su sonido bello como una perla, una paloma o el cielo en Abril. Crea melodías que recuerda a Lorde o Erika de Casier, pero su voz nace en tierras asturianas, con una carrera que se desarrolla entre Madrid y Barcelona, donde cada acorde y cada verso llevan consigo lo que ha vivido, sentido y soñado.

Doncella y su álbum debut: «Besar el Grifo», nos invitan a entrar en su universo, un espacio donde lo cotidiano se vuelve sublime, donde la emoción y la intuición dibujan paisajes sonoros que parecen flotar entre la realidad y la fantasía. Una obra que convierte lo ordinario en un manifiesto generacional. Un trabajo que condensa años de experimentación, de cruce de disciplinas, de búsqueda de su propio lenguaje musical, de aprendizaje solitario y de descubrimiento personal. Hoy hablamos con él sobre este primer proyecto, sobre su proceso creativo, sobre miedos y sobre todo lo que se esconde detrás de cada canción, cada gesto y cada sonido.

besar el grifo

Hola Pablo, ¿qué tal? ¿En qué andas estos días?

Pues la verdad, bastante tranquilo y muy contento, aunque con la cabeza a mil. Ahora mismo estoy dedicando prácticamente todo mi tiempo a montar el directo del álbum con mi compañero creativo y amigo Guillermo Solas. Estamos dándole forma a algo que me ilusiona un montón.

Es un momento muy raro, porque después de tanto esperar, por fin ha salido el proyecto… pero falta la otra mitad: salir a defenderlo. Tengo muchas ganas. Creo que es un álbum que se va a entender muchísimo mejor en directo, y me muero por ver cómo respira en un escenario.

Tu música nace de una mezcla entre vulnerabilidad y poder casi místico. ¿Cuándo sentiste por primera vez que el sonido podía convertirse en una forma de revelación personal?

El día que arrastré un reverb encima de una pista con AutoTune y pensé: “vale, esto es otra cosa”. Fue un momento muy simple técnicamente, pero internamente muy fuerte. Ahí entendí que no hacía falta ser virtuoso para hacer música, que podía apoyarme en mi intuición y en la tecnología para dar forma a los paisajes en mi cabeza.

Tuve una iluminación. De repente vi que podía crear mundos aunque no tuviera la formación tradicional. Y eso me cambió para siempre.

Durante años te repetiste que la música “no era para ti”, que el talento natural se había repartido en otra dirección. ¿Qué parte de esa vieja narrativa muere en este álbum y qué parte sigue viva, como un monstruo al que aún le das de comer?

A la parte de mí que creía que necesitaba academia para hacer algo hermoso, creo que ya le quedó claro que estaba equivocada. Puedo hacerlo. Lo he hecho. Y eso mata un montón de inseguridades.

Pero esa narrativa tiene hermanas. Y esas siguen apareciendo de vez en cuando. Sé que siempre habrá gente que domine la técnica mucho mejor que yo, pero un día entendí algo importantísimo: la técnica se aprende; la personalidad no. Y nadie tiene la tuya.

Ese pensamiento me recolocó. No mató al monstruo del todo, pero lo domesticó bastante bien.

besar el grifo

Este álbum lo has hecho tú: escribir, componer, producir, mezclar, masterizar. Una fabricación artesanal, casi monástica. ¿Fue un acto de poder, de necesidad, o de supervivencia? ¿Y qué parte de ti se desgasta y qué parte renace en un proceso tan solitario?

Me gustaría decir que fue un acto de poder, necesidad y supervivencia a la vez… pero siendo sincero, fue sobre todo necesidad. Necesitaba hacerlo yo, al menos esta primera vez. Quería que el resultado sonara lo más profesional posible dentro de mis recursos, y aunque creo que hay errores y hay cosas crudas, me siento realmente orgulloso del resultado.

Pero también te digo: no es algo que quiera repetir tal cual. Para este primer proyecto era casi inevitable, pero a partir de ahora me encantaría contar con gente que se involucre, sobre todo a nivel técnico. Le tengo muchísimo respeto a la ingeniería de sonido. Es un mundo súper interesante del que no quiero desligarme, pero ahora mismo mis prioridades están en otro sitio.

“Besar el Grifo” es una imagen potente: íntima, cruda, cotidiana y a la vez sagrada. ¿Qué universo emocional abre ese gesto y cómo se refleja en el álbum?

La expresión “Besar el Grifo” me vino un día de repente, mientras me agachaba a beber de una fuente. Y no se me iba. Me fascinó la romantización de un gesto tan cotidiano, tan infantil, tan rudo y tan bonito. Es algo irrelevante y al mismo tiempo sagrado. Me obsesioné con esa imagen porque, de alguna manera, resume lo que siento cuando estoy frente al ordenador: ese gesto de unir tu cuerpo con algo frío, inanimado, que de repente se vuelve fuente de vida. Supe enseguida que ese tenía que ser el título del proyecto.

Has construido este proyecto con un nivel de autoexigencia casi quirúrgico. ¿Cómo te ha cambiado enfrentarte a todas las capas del proceso, desde lo más técnico hasta lo más emocional?

Ha sido un viaje. He tenido mil momentos de duda, de sentir que lo que estaba haciendo no tenía sentido o que me estaba quedando muy grande. Pero luego le ponía algo a alguna amiga y me decía: “Pablo, esto es increíble”, y de repente todo volvía a encajar. Esos pequeños empujones me dieron mucha fuerza para seguir. No creo que hubiera llegado a abandonar el proyecto, porque sé que no puedo dejar algo así a medias, pero sí tuve que aprender a ponerme fechas, a trabajar con disciplina y a tomar distancia emocional cuando tocaba hacer cosas técnicas. Al final, enfrentarme a todas las capas me ha hecho entender mis límites y mis ritmos, y me ha enseñado a no confundir perfeccionismo con parálisis. Y creo que esa lección me la llevo para siempre.

besar el grifo

Hablemos un poco del proceso creativo. Sabemos que en tu proyecto se cruzan distintas disciplinas. ¿Cómo es tu proceso cuando empiezas una canción: nace primero la emoción, la palabra, o el ruido que la desencadena?

Mi eterna pregunta… y mi eterna respuesta: depende. He intentado mil veces entender cómo funciona mi creatividad, pero no tengo un método fijo. A veces empiezo con una melodía o una rueda de acordes y voy improvisando tonterías encima. Otras veces la letra llega antes de que exista la música. Y otras nace todo de un sonido tonto, un ruido accidental.

Lo que sí he aprendido es a estar atento. Me pasa mucho que estoy hablando con una amiga y dice algo que se me queda flotando. En ese momento dejo de escuchar todo lo demás y sé que tengo que sacar el móvil y escribirlo en notas.

El álbum está lleno de atmósferas: niebla, brillo, metal, cuerpo. ¿Cómo decides la textura sonora de cada tema y qué papel tiene la intuición frente a la técnica en ese proceso?

Creo que lo primero es aceptar que no soy una persona que trabaja desde la teoría. La técnica la respeto muchísimo, pero no es mi motor. A mí lo que me guía es un impulso, como una sensación en el pecho o en la boca del estómago que me dice “esto va por aquí”. Suelo empezar por una imagen mental: una palabra, un material, un clima. Y a partir de ahí voy lanzando sonidos que se sientan coherentes con esa película interna. También soy muy fan de lo literal, de lo obvio. Me gusta que si una letra habla de algo húmedo, se note humedad; si hablo de algo metálico, que haya algo que suene afilado. Me da igual si a alguien le parece poco sofisticado, para mí la música es comunicación, y si soy obvio pero el mensaje llega, entonces funciona.

Mientras voy probando cosas, llega un momento, no sé explicarlo, donde todo hace click. Como si la canción me dijera por fin lo que quiere ser. Ahí ya solo sigo el hilo. La técnica aparece al final, más para ordenar que para decidir.

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Para ti, la palabra parece tener un peso casi ritual. ¿Qué buscaste en las letras de este álbum que quizá no habías buscado antes?

Busqué permitirme ser yo sin filtro. Sin miedo al cringe, sin miedo al dramatismo. Al final crecí leyendo a Laura Gallego, escuchando a Lana del Rey y a Florence and the Machine, y consumiendo poesía en Tumblr, viviendo obsesionado con la intensidad… eso está en mi ADN, y durante años intenté apagar esa parte para ser “maduro” o “medido”. Pero este álbum me ha ayudado a reconciliarme con esa intensidad.

Quise escribir como hablo cuando no estoy actuando: desde un lugar muy directo, muy emocional. Hay frases que antes habría borrado por parecerme demasiado sinceras o demasiado cursis, y esta vez las dejé porque entendí que ahí estaba la verdad.

También busqué que cada palabra tuviera un eco visual, algo que te dejara una imagen en la cabeza. Más que contar una historia lineal, quería generar un estado, un ritual íntimo donde cada frase fuera una especie de gesto, casi un conjuro.

“Besar el Grifo” abre un universo, pero también una puerta hacia lo que viene. ¿Qué te gustaría que fuese el siguiente paso de Doncella: expansión, ruptura, o transformación?

Ahora mismo siento que necesito expandirme. Este álbum ha sido como construir una casa yo solo, desde los cimientos hasta el tejado, y aunque estoy muy orgulloso, también tengo claro que para lo siguiente quiero abrir puertas y ventanas y dejar que entre más gente. Me apetece colaborar, mezclar lenguajes, aprender de otros, ver cómo mi universo cambia cuando alguien más mete la mano en él.

También quiero experimentar con lo físico: más percusión, más instrumentos reales, más cuerpo en el sonido. Creo que hay algo muy vivo ahí que todavía no he explorado.

Ruptura… llegará cuando toque, pero aún no estoy ahí. Siento que primero tengo que seguir creciendo, hacerme grande, construir más mundo. Y cuando sienta que ese mundo ya me queda pequeño, entonces sí, lo quemaré encantado y empezaré otro desde cero. Pero por ahora, lo que me pide el cuerpo es expandirme, abrirme y ver hasta dónde puede crecer Doncella.

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